domingo, 2 de agosto de 2020

NOTAS DE PANDEMIA

Soñé que estaba en un lugar atestado de gente. No era la cancha, era una calle, una shopping, un café como los de antes.

Eran todas esas voces, el barullo de los tenedores. Era una pizzería, tal vez el Güerrin. Era la felicidad que me causaban esas noches frenéticas de Buenos Aires convertidas ahora en confusos recuerdos que se van volviendo un mito dentro de mi cabeza.

Pero ese ruido, ese ruido me causó miedo. Me paralice aún dormida al escucharlo. 

Mucha gente hablando en un mismo lugar: que pesadilla. Saliva volando de un lugar a otro, bacterias metiéndose por mi piel, un pánico en el que jamás hubiera pensado imaginar, ni cuando a los 9 años compartía un chupetín con Morticia, el gato de mi vecina.

Me desperté exaltada, sudada y llena de miedo. Miedo por la vida que tuve antes: que inconscientemente ya entiendo a que se debían tantas gripes, anginas, noches abrazada al baño y repentinos vómitos.

Hola actualidad, hola mundo horrible sin abrazos, buenos chapes casuales o mates compartidos. 
No sé, no me animo a confirmarte a que no volveré a hacer todo lo que hacía antes; aún menos a que lo volveré a hacer.




jueves, 7 de febrero de 2019

Ese puto espasmito

Hoy vio salir la primera estrella y pidió un deseo. No sabe bien por qué lo hizo o si alguien le dijo que funcionaba de esa manera, tampoco recuerda si debía hacerlo al ver la primera estrella de una noche o era cuando le caí la primera gota de una tormenta. Pero no importa, lo hizo.

No era una noche más era la noche de la "luna de sangre", "la luna roja", enorme y eclipsada. Un evento único como lo que le pasaba a ella.

Al mirar el cielo se le estrujaba el pecho, dolía, era un espasmito en el corazón y el vacío.Una tristeza que trató de tapar durante todo el día pero le era difícil, ese puto espasmito volvía a cada rato.

El eclipse comenzaría a la medianoche, preparó todo para verla la luna perder el brillo como ya lo había perdido ella la noche anterior, entre el mal sueño y las llamadas de madrugada que le ponían el fin a una relación.

Esperando el evento que paralizó al mundo se quedó dormida porque nada le salía como los planificaba.

Al día siguiente -en una cuenta era de Instagram- leyó que ese eclipse astrologicamete era "de finales”, y ahí lo entendió todo.

También siento ese puto espasmito, que le oprimía el pecho y prometía quedarse hasta que dejara de quererlo.

domingo, 22 de abril de 2018

Miedo en el ascensor

Se despidió y entró apurada al ascensor. Mientras se miraba en el espejo sintió esos dos ojos mirándola, con algo de deseo y miedo.

Fue como un escalofrío, un rayo que le atravesó todo el cuerpo.
El miedo se apoderó de ella, estaba tan aterrada que no le salía la voz. Intentaba gritar pero sabía que podría ser peor. 

Al mismo tiempo no quería sacarle la mirada de encima, no quería mostrarse débil, no iba a permitir que la ataque.

Cada piso se convirtió en un pequeño infierno, como si estuviera purgando sus pecados en ese viaje a planta baja.


El calor, el encierro y sus nervios la acechaban tan de cerca como esa mirada. Su respiración había copado toda la cabina, los latidos se su corazón podían sentirse desde cualquier piso de ese edificio. Ella sentía que ese era su último viaje, que de esta no se salvaba. 


Al fin llegó al destino. Las puertas del ascensor se abrieron y su desesperación le jugó una mala pasada y no pudo salir rápido: este bicho se le adelantó.

Con esas dos antenas desagradables decidió bajarse antes, dándole la espalda a este humano cagón. 


La cucaracha siguió su día como si no hubiera pasado nada. Por suerte ella tenía un turno en terapia.

viernes, 3 de febrero de 2017

Atentado al prejuicio

Fui víctima de lo peor: del prejuicio. En medio de un mundo en guerra contra la tolerancia, fui víctima. Al volver al país el miércoles en el avión me topé con un señor musulmán, con su turbante, acompañado de su mujer que también lucía sus típicas vestimentas. 
Al verlos me helé, pensé que hasta ahí había llegado mi vida, que no la iba a contar. Supuse lo peor, me hice la película. En mi cabeza pensaba que este señor iba a hacer explotar el avión, o tal vez iba tomarnos de rehenes o cosas así. Luché contra eso, decidí relajarme y no ser prejuiciosa ya que nunca lo soy. Pero las noticias te meten miedo, penetran en tu inconsciente, te vuelven inseguro de gente sólo por su lugar de origen o su forma de vestir. 

Logré surfear el atentado mental, lo superé y en mi silencio les pedí disculpas con mucha vergüenza. 


Un poco más de nueve horas después de emprendido el viaje el piloto anunció que ya estábamos aterrizando en Ezeiza y la azafata nos pidió que no nos paremos, pero el señor de turbante se levantó. 


Ante la mirada atónita de todos caminó por el pasillo y fue al baño. Creo que hubo gente que hasta llegó a mandar algún mensaje despidiéndose de un ser querido. 

Pero el musulmán sólo apretó el botón de la cadena del inodoro, no el de una bomba. El tenía que ir al baño como cualquier otro ser humano. 

Todos volamos por el aire de la peor imaginación. De hecho, todos fuimos víctimas del peor atentado: el prejuicio.

martes, 6 de octubre de 2015

Sin respuesta

"Quiero volver a hacerte el amor", decía el mensaje que recibió en su teléfono.
Sorprendida lo miró una y otra vez. No podía creer que él quisiese volver a estar con ella.

Un mes y doce días habían pasado desde que se dejaron de ver. Ella lo sabía porque tachada el almanaque como si fuera su peor condena. No podía ni quería sacarlo de su vida pero sabía que tenía que hacerlo.

Esa noche, cuando sonó el teléfono, habían cumplido el mismo tiempo separados que el que habían pasado juntos. No fueron muchos meses pero la conexión entre ambos fue inmediata, intensa, un chispazo que prendió rápido e incendió millones de hectáreas. Pero el fuego se extinguió de repente sin darles siquiera la posibilidad de tener esa famosa última charla para marcar el adiós definitivo.

Quizás aquello no era necesario. Pero ella se sintió perdida. El extrañar era algo abstracto hasta ese entonces. Por eso tuvo que encontrar la mejor manera para olvidarlo. 

Recurrió a todas las posibilidades que conocía. Salió, conoció gente, se dejó llevar. Pero al final se sentía vacía y eso le dolía. A veces despertaba junto a otros hombres rezando que fueran él, pero él ya la había dejado. Angustiada no podía enfrentar ni su propio reflejo en el espejo. Le daba vergüenza, odio y hasta lástima. No lo superaba.

Pero ese mensaje fue irresistible. Fue como el agua luego de caminar sola durante días en el desierto. Fue como la mano que necesitaba sobre su hombro. Fue el momento que quería volver a vivir. Fueron, tal vez, las palabras que más quería leer. Sin embargo no supo qué responderle. 
Ella moría por verlo, decirle que sí, lanzarse a sus brazos pero estaba llena de dudas y de renconres. No quería caer de nuevo ante la incertidumbre. Escribió y borró durante horas la respuesta. Buscó la mejor forma para que él se diera cuenta todo el amor que ella le tenía, pero no encontraba las palabras adecuadas y sutiles para no salir lastimada. 

Dio tantas vueltas que finalmente se quedó dormida.
Nunca contestó el mensaje y tampoco volvió a recibir otro. 

miércoles, 29 de julio de 2015

Se llevó todo


Se llevó todo lo que quedaba. No dejó nada, ni las ganas.
Pasó por su vida como un huracán levantando paredes y derribando otras, unas que le costaron años construir y que creía resistentes e inquebrantables.

No dejó nada más que el dolor de su ausencia y el horrible sentimiento de la angustia. 


Ella ya no tenía lágrimas, las había agotado en interminables noches de llanto. Sólo intentaba que los días, las horas y las cosas pasen como el vendaval que arrasó consigo y apenas la dejó en pie.

"Extrañar algo que aún sigue vivo, ¡vaya estupidez!", pensaba odiándose una y otra vez. Se odiaba, sentía que había perdido lo único que quiso y dejó entrar en su vida luego de mucho tiempo. Pero a la vez estaba tranquila, sabía que había dado todo y que nunca se mintió, sino que se dejó llevar por lo que sentía.

Intentaba aferrarse a lo bueno. Trataba de largar una sonrisa cada tanto y mirar para arriba, allá a donde el sol brilla de vez en cuando.

El dolor de nuevo la golpeaba. La marcaba, le hacía recordar que no fue hecha para las relaciones. El sufrimiento fortalecía su coraza que ahora, sin mucha energía y con poco ánimo, intenta acomodar sobre sí para seguir adelanta con su vida.

martes, 23 de junio de 2015

Un fantasma llamado soledad

Él le advirtió que no era bueno para mantener los vínculos. Ella lo escuchó pero no le prestó atención.Nada se suponía que se saldría de su rutina. Nada se convertiría en otra cosa. Nada podía salir mal.

Sin querer se sumergieron en un caudal de pasiones intensas. Sin notarlo todo se aceleró y se perdió hasta la noción del tiempo. Ella intentó no perder la calma, se conocía. No podía dejarse caer, no quería lastimarse una vez más.

El miedo creció como creció lo que sentía. Nunca dijo lo que realmente pensaba, no se lo permitió. Tampoco contó la verdad de lo que le pasaba aunque las palabras entre ambos no faltaron nunca.

Ella tenía una historia oscura, dolorosa que de compartirla derrumbaría todo. Él, en cambio, se arriesgó a más. No dio explicaciones, nadie se los pidió, pero intentaba explicarlas aunque ella lo callaba. La costumbre se acomodó entre los dos como los sueños en voz baja y los planes en voz alta.

Un futuro que nadie planificaba pero que iba llegando solo, a velocidad de la luz. 
Todo se desvaneció. El día oscureció. La noche se volvió larga y silenciosa. En el pecho ella volvió a tener ese sentimiento extraño y amargo que ya conocía.

La soledad regresó a ocupar su lugar en la cama que, por un momento, le fue quitado. Se acomodó en el huequito tibio que él dejó. Un fantasma que no tenía cara pero que reflejaba en el aire una sonrisa malvada. Siempre estuvo ahí, acechando, sabiendo que no tenía que irse muy lejos.

Volvió para recordarle como dolía su presencia. Para enfriar sus sábanas y sus sentimientos, para seguir cosechando lo que ya había sembrando antes. 

Entre ellos dos no fue necesario decir "adiós", se interpretó.

martes, 5 de mayo de 2015

Abrazo inesperado

Inesperadamente unos brazos se colgaron al rededor de su cuerpo. La estrecharon fuerte, Se quedaron allí unos cuantos minutos. Luego aflojaron y él que la amarraba con tanta firmeza soltó un beso en su mejilla, delicado pero ruidoso.
Hacía rato que no se veían. Estaban cerca, sus miradas podían cruzarse más a menudo, pero, como dos chicos tímidos, preferían esquivarse. Ellos saben que al mirarse a los ojos lo sabrán todo el uno del otro. Allí no hay secretos.
Quizás ese es el verdadero miedo: el saber que uno no significa lo mismo para el otro. O, que el otro, no se anima a soltar todo por lo que siente. Pero ¿Qué siente? pues, no lo sabe y no lo sabrá hasta que no deje que su mirada se detenga en el mismo momento y a la misma altura de la de ella.
Prefirió, en su lugar, estrecharla, sentir de nuevo ese cuerpo, esa la piel; algo que quizás si añoraba.

Ella se sorprendió. Devolvió el abrazo. Sostuvo sus brazos al rededor de su cuello, él la tenía bien agarrada de la cintura y no encontró otro lugar de donde poder sujetarlo. Dudó, hasta tuvo tiempo de pensar, cuán fuerte sus brazos debían apretar a ese ser que tenía pegado al cuerpo. Una vez más se dejó llevar por el instinto, no sometió aquel acto a ningún juicio moral, no juzgó al ser que le respiraba en el cuello como ya lo había hecho tiempo atrás desnudo entre sus sábanas. 
Luego de la sorpresa también lo apretó. Lo miró, aunque él no le devolvió la mirada, y ella se pudo dar cuenta que él había cambiado.

La pasión duró apenas unos segundos. Ninguno de los que los rodeaba pudo notar algo de todo esto. Menos aún las parejas de ambos que se estrecharon la mano e intercambiaron sus nombres como dos perfectos extraños. 
Esta pasión fue intensa e íntima. Fue de dos personas que se querían decir mucho y no se dijeron nada. Reemplazaron eso por un apretón muy fuerte, tanto que de haberse levantado las remeras los hubiera delatado las marcas que sus manos dejaron en sus cuerpos.

Tal vez el destino los encuentre nuevamente. Quizás vuelvan a ser ellos o sólo otro pequeño pero gran abrazo entre la multitud. 

lunes, 6 de abril de 2015

Recuerdo


Se desveló en la espera de una absurda promesa.
Se preparó aunque insegura.
Se arregló aunque desprolija.
Se perfumó con apenas gotas.
Prometió no aferrarse al reloj pues ese teléfono sonaría.
Lo esperó con nervios la primera hora. Con ansiedad la segunda. Con cansancio la tercera. Dejó que tiempo transcurriera; vio pasar con rapidez el resto de la noche.

Se acostó arreglada, se lamentó por dentro y apagó su entusiasmo con una triste amargura.
Ni un mensaje, ni una llamada. La soledad fue su única compañía, bebió una copa de vino y mantuvo la respiración lenta, cansada, desilusionada.



Nunca más supo nada, nunca más volvió a escribirle. Jamás le hará un reproche y la intriga la rondará durante algún tiempo, hasta que lo olvide y se convierta solo en un mero recuerdo.

viernes, 30 de enero de 2015

Breve historia de verano

La pasión se perdió, como ella en la multitud luego de despedirse.
Como todas las historias, esta empezó por casualidad. Él se animó a mirar un poco más allá de lo que los ojos pueden ver, ella se animó a darle su número de teléfono.
Se aventuraron en le misterioso mundo de conocerse, en donde lo prohibido sale a flote y lo desconocido atrae.
Sacudieron la arena que traían los zapatos y se mezclaron. Se despojaron de los prejuicios; se divirtieron; se cuidaron; se animaron.
Una copa de vino, la música de algunas guitarras y un amanecer en la playa, único e irrepetible, fueron suficientes condimentos para que ella pueda recrear ese encuentro cada vez que cierre los ojos y suba a tomar aire a la terraza.

Un beso cálido, un abrazo tibio y un hasta siempre frío, marcaron el final de ese caluroso verano.

martes, 25 de noviembre de 2014

Un año sin él

Pasó más de un año de la última vez que lo vio, bien lo recuerda porque no puede olvidar que esa tarde hacía mucho calor. Ella había elegido con detenimiento un vestido corto de color claro. Había usado poco maquillaje, su collar preferido y los zapatos que no eran tan altos como los de costumbre. Recuerda también el perfume que utilizó, pues desde entonces lo tiene guardado intacto en su placard y tan sólo lo ha vuelto a usar para recordar las noches de pasión.

Ella atesora en su memoria, como el más lindo recuerdo de su vida, la última vez que se encontraron. Sin embargo, está enojada porque se le borraron de la mente los pequeños detalles. Se esfuerza por al menos retener el aroma de su piel, la sensación de sus labios, la intensidad de su mirada que lograba paralizarla por completo, las cosquillas que le producían los besos que le daba en el cuello y la tranquilidad que le daba dormir a su lado. 

Entre ellos nunca estuvo nada claro. Nunca ninguno luchó por el otro ni se propusieron ser algo más que dos amantes. Como niños dejaron que el destino jugara con ellos: separándolos y volviéndolos a encontrar cada tanto. A veces lo ayudaban con un simple mensaje, una inconfundible señal para demostrar el deseo, que podía bien ser una palabra o un descuido cuidado de un erróneo envió de una letra al azar que se caía del teclado. 

Él siguió con su vida pero cada tanto la recordaba y dejaba escapar una de esas señales. Ella las recibía con una sonrisa y la satisfacción de que la llama seguía prendida. Pero con el dolor y con la angustia en el alma las intentaba dejar pasar. No tenía el valor de pelear por algo que nunca fue ni podría ser suyo aunque no dudaba en que era capaz de haber dado la vida por volver a verlo. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Despertar

La abrazó fuerte. Le dio un beso y se fue.

Ella volvió a su casa, se recostó en la cama y sintió unas inmensas ganas de llorar.

El tiempo no sólo se llevó sus años, su juventud, su belleza y algo de su inocencia sino también se llevó el poco amor que le quedaba.
Había cosas que callaba, que prefería no decir, que guardaba bajo llave en el alma. Cosas que dolían, que quemaban tan profundamente que prefería dejarlas arder en su interior antes de reflotarlas.
Cada tanto añoraba ese abrazo, lo repetía en su cabeza una y otra vez; hasta el hartazgo. Muchas veces dudaba de si realmente había existido o era un mero deseo de la necesidad de su cuerpo de ser tocado por aquellos brazos. El engaño mental le daba unos segundos de sonrisa artificial. La típica comodidad de la mentira. Pero, al abrir los ojos, sentía el frío, el vacío, la lejanía y la nada.

Ella solía pensar que nadie la veía, sintió que se había vuelto invisible. Ya no pensaba en ese abrazo ni en ese beso. Ya no recordaba su voz, se esforzaba por encontrar entre sus recuerdos el sonido de su risa o la sensación que le provocaba a su cuerpo cuando se le acercaba y le susurraba al oído logrando estremecerla entera, como un escalofrío fugaz, intenso y placentero.

Tres, cuatro, ocho años más tarde se dio cuenta que ninguno de los dos era el mismo de antes. Un golpe de suerte los reencontró, quizás se trató de un sueño o fue una realidad, difícil de saber porque ella solía verlo en todos lados al cerrar sus ojos. Ficticio o no, se dio cuenta de que los pies de ambos estaban gastados porque ya habían recorrido muchos kilómetros. Sus labios ahora eran más finos, sus besos no eran tan apasionados, su piel no era tan tersa, sus tatuajes se habían arrugado y la pasión era distinta a la que solían tener durante sus encuentros.

Se dio cuenta que por esperar se había olvidado de la vida, se había olvidado de sentir, se había olvidado de amar. Se dio cuenta que equivocarse era una palabra que estaba en el diccionario pero, por haberla borrado, había quedado varada en el tiempo y no se animó a lanzarse de nuevo a la vida, no se animó a vivir una historia parecida pero rodeada por otros brazos. 
Nunca volvió a sentir otro calor y, ahora, ahogada en las sombra de lo que no fue, el frío la recubre y marchita...