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martes, 23 de junio de 2015

Un fantasma llamado soledad

Él le advirtió que no era bueno para mantener los vínculos. Ella lo escuchó pero no le prestó atención.Nada se suponía que se saldría de su rutina. Nada se convertiría en otra cosa. Nada podía salir mal.

Sin querer se sumergieron en un caudal de pasiones intensas. Sin notarlo todo se aceleró y se perdió hasta la noción del tiempo. Ella intentó no perder la calma, se conocía. No podía dejarse caer, no quería lastimarse una vez más.

El miedo creció como creció lo que sentía. Nunca dijo lo que realmente pensaba, no se lo permitió. Tampoco contó la verdad de lo que le pasaba aunque las palabras entre ambos no faltaron nunca.

Ella tenía una historia oscura, dolorosa que de compartirla derrumbaría todo. Él, en cambio, se arriesgó a más. No dio explicaciones, nadie se los pidió, pero intentaba explicarlas aunque ella lo callaba. La costumbre se acomodó entre los dos como los sueños en voz baja y los planes en voz alta.

Un futuro que nadie planificaba pero que iba llegando solo, a velocidad de la luz. 
Todo se desvaneció. El día oscureció. La noche se volvió larga y silenciosa. En el pecho ella volvió a tener ese sentimiento extraño y amargo que ya conocía.

La soledad regresó a ocupar su lugar en la cama que, por un momento, le fue quitado. Se acomodó en el huequito tibio que él dejó. Un fantasma que no tenía cara pero que reflejaba en el aire una sonrisa malvada. Siempre estuvo ahí, acechando, sabiendo que no tenía que irse muy lejos.

Volvió para recordarle como dolía su presencia. Para enfriar sus sábanas y sus sentimientos, para seguir cosechando lo que ya había sembrando antes. 

Entre ellos dos no fue necesario decir "adiós", se interpretó.

lunes, 6 de abril de 2015

Recuerdo


Se desveló en la espera de una absurda promesa.
Se preparó aunque insegura.
Se arregló aunque desprolija.
Se perfumó con apenas gotas.
Prometió no aferrarse al reloj pues ese teléfono sonaría.
Lo esperó con nervios la primera hora. Con ansiedad la segunda. Con cansancio la tercera. Dejó que tiempo transcurriera; vio pasar con rapidez el resto de la noche.

Se acostó arreglada, se lamentó por dentro y apagó su entusiasmo con una triste amargura.
Ni un mensaje, ni una llamada. La soledad fue su única compañía, bebió una copa de vino y mantuvo la respiración lenta, cansada, desilusionada.



Nunca más supo nada, nunca más volvió a escribirle. Jamás le hará un reproche y la intriga la rondará durante algún tiempo, hasta que lo olvide y se convierta solo en un mero recuerdo.