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miércoles, 29 de julio de 2015

Se llevó todo


Se llevó todo lo que quedaba. No dejó nada, ni las ganas.
Pasó por su vida como un huracán levantando paredes y derribando otras, unas que le costaron años construir y que creía resistentes e inquebrantables.

No dejó nada más que el dolor de su ausencia y el horrible sentimiento de la angustia. 


Ella ya no tenía lágrimas, las había agotado en interminables noches de llanto. Sólo intentaba que los días, las horas y las cosas pasen como el vendaval que arrasó consigo y apenas la dejó en pie.

"Extrañar algo que aún sigue vivo, ¡vaya estupidez!", pensaba odiándose una y otra vez. Se odiaba, sentía que había perdido lo único que quiso y dejó entrar en su vida luego de mucho tiempo. Pero a la vez estaba tranquila, sabía que había dado todo y que nunca se mintió, sino que se dejó llevar por lo que sentía.

Intentaba aferrarse a lo bueno. Trataba de largar una sonrisa cada tanto y mirar para arriba, allá a donde el sol brilla de vez en cuando.

El dolor de nuevo la golpeaba. La marcaba, le hacía recordar que no fue hecha para las relaciones. El sufrimiento fortalecía su coraza que ahora, sin mucha energía y con poco ánimo, intenta acomodar sobre sí para seguir adelanta con su vida.

martes, 23 de junio de 2015

Un fantasma llamado soledad

Él le advirtió que no era bueno para mantener los vínculos. Ella lo escuchó pero no le prestó atención.Nada se suponía que se saldría de su rutina. Nada se convertiría en otra cosa. Nada podía salir mal.

Sin querer se sumergieron en un caudal de pasiones intensas. Sin notarlo todo se aceleró y se perdió hasta la noción del tiempo. Ella intentó no perder la calma, se conocía. No podía dejarse caer, no quería lastimarse una vez más.

El miedo creció como creció lo que sentía. Nunca dijo lo que realmente pensaba, no se lo permitió. Tampoco contó la verdad de lo que le pasaba aunque las palabras entre ambos no faltaron nunca.

Ella tenía una historia oscura, dolorosa que de compartirla derrumbaría todo. Él, en cambio, se arriesgó a más. No dio explicaciones, nadie se los pidió, pero intentaba explicarlas aunque ella lo callaba. La costumbre se acomodó entre los dos como los sueños en voz baja y los planes en voz alta.

Un futuro que nadie planificaba pero que iba llegando solo, a velocidad de la luz. 
Todo se desvaneció. El día oscureció. La noche se volvió larga y silenciosa. En el pecho ella volvió a tener ese sentimiento extraño y amargo que ya conocía.

La soledad regresó a ocupar su lugar en la cama que, por un momento, le fue quitado. Se acomodó en el huequito tibio que él dejó. Un fantasma que no tenía cara pero que reflejaba en el aire una sonrisa malvada. Siempre estuvo ahí, acechando, sabiendo que no tenía que irse muy lejos.

Volvió para recordarle como dolía su presencia. Para enfriar sus sábanas y sus sentimientos, para seguir cosechando lo que ya había sembrando antes. 

Entre ellos dos no fue necesario decir "adiós", se interpretó.

sábado, 21 de junio de 2014

La voz

Aunque ya no estaba más con él, la escuchaba.
No importaba quien estuviera a su lado, ni que hubiera sucedido la noche anterior, él la escuchaba.
Sus palabras bendecían sus mañanas. Su música no le gustaba, él mentía, decía que le agradaba. Pero no, el folklore nunca le gusto, él sólo quería oír su voz.
En algún momento, todos dejan una marca en la otra persona. Bueno o malo, algo queda y, esta no fue la excepción. En él quedó mucho más que el recuerdo de un simple amor.
Ella tenía un problema, o tal vez unos cuantos, pero uno resaltaba entre los demás y por eso se había terminado aquella relación.
Mientras tanto, en silencio, a su lado iba otra persona. Otra, otra de las tantas, otra del montón, que no tenía idea de quién era esa voz. Aunque, quizás, de saberlo la hubiera sepultado con un ruido mayor. En cambio, prefirió guardar silencio y mirar para otro lado. Mirar para afuera; ver las calles, las casas, los edificios, la gente, dejar pasar cuadras y semáforos cambiar una y otra vez de color. Sólo dejó recorrer por su cuerpo ese escalofrío, propio pero ajeno, que la ubicó en un lugar distinto del que hubiera prefería ocupar.
¿Qué la diferenciaba de ella? siempre se preguntó. Aunque, en el fondo lo sabía. En su interior resonaba esa palabra que no quería salir a flote o -mejor dicho- que no dejaba. Esa palabra dolía y cada vez que se la pronuncia algo se desvanecía alrededor. Sin embargo, para no olvidar que existía se la tatuó estratégicamente  en un lugar donde no pudiera verla pero al que pudiera ir a buscarla cada vez que necesitara saber que aún existe.
Esta otra nunca se atrevió a pedirle que se quedera una noche más. Menos aún, que cambiara el dial.