viernes, 30 de enero de 2015

Breve historia de verano

La pasión se perdió, como ella en la multitud luego de despedirse.
Como todas las historias, esta empezó por casualidad. Él se animó a mirar un poco más allá de lo que los ojos pueden ver, ella se animó a darle su número de teléfono.
Se aventuraron en le misterioso mundo de conocerse, en donde lo prohibido sale a flote y lo desconocido atrae.
Sacudieron la arena que traían los zapatos y se mezclaron. Se despojaron de los prejuicios; se divirtieron; se cuidaron; se animaron.
Una copa de vino, la música de algunas guitarras y un amanecer en la playa, único e irrepetible, fueron suficientes condimentos para que ella pueda recrear ese encuentro cada vez que cierre los ojos y suba a tomar aire a la terraza.

Un beso cálido, un abrazo tibio y un hasta siempre frío, marcaron el final de ese caluroso verano.

martes, 25 de noviembre de 2014

Un año sin él

Pasó más de un año de la última vez que lo vio, bien lo recuerda porque no puede olvidar que esa tarde hacía mucho calor. Ella había elegido con detenimiento un vestido corto de color claro. Había usado poco maquillaje, su collar preferido y los zapatos que no eran tan altos como los de costumbre. Recuerda también el perfume que utilizó, pues desde entonces lo tiene guardado intacto en su placard y tan sólo lo ha vuelto a usar para recordar las noches de pasión.

Ella atesora en su memoria, como el más lindo recuerdo de su vida, la última vez que se encontraron. Sin embargo, está enojada porque se le borraron de la mente los pequeños detalles. Se esfuerza por al menos retener el aroma de su piel, la sensación de sus labios, la intensidad de su mirada que lograba paralizarla por completo, las cosquillas que le producían los besos que le daba en el cuello y la tranquilidad que le daba dormir a su lado. 

Entre ellos nunca estuvo nada claro. Nunca ninguno luchó por el otro ni se propusieron ser algo más que dos amantes. Como niños dejaron que el destino jugara con ellos: separándolos y volviéndolos a encontrar cada tanto. A veces lo ayudaban con un simple mensaje, una inconfundible señal para demostrar el deseo, que podía bien ser una palabra o un descuido cuidado de un erróneo envió de una letra al azar que se caía del teclado. 

Él siguió con su vida pero cada tanto la recordaba y dejaba escapar una de esas señales. Ella las recibía con una sonrisa y la satisfacción de que la llama seguía prendida. Pero con el dolor y con la angustia en el alma las intentaba dejar pasar. No tenía el valor de pelear por algo que nunca fue ni podría ser suyo aunque no dudaba en que era capaz de haber dado la vida por volver a verlo. 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Despertar

La abrazó fuerte. Le dio un beso y se fue.

Ella volvió a su casa, se recostó en la cama y sintió unas inmensas ganas de llorar.

El tiempo no sólo se llevó sus años, su juventud, su belleza y algo de su inocencia sino también se llevó el poco amor que le quedaba.
Había cosas que callaba, que prefería no decir, que guardaba bajo llave en el alma. Cosas que dolían, que quemaban tan profundamente que prefería dejarlas arder en su interior antes de reflotarlas.
Cada tanto añoraba ese abrazo, lo repetía en su cabeza una y otra vez; hasta el hartazgo. Muchas veces dudaba de si realmente había existido o era un mero deseo de la necesidad de su cuerpo de ser tocado por aquellos brazos. El engaño mental le daba unos segundos de sonrisa artificial. La típica comodidad de la mentira. Pero, al abrir los ojos, sentía el frío, el vacío, la lejanía y la nada.

Ella solía pensar que nadie la veía, sintió que se había vuelto invisible. Ya no pensaba en ese abrazo ni en ese beso. Ya no recordaba su voz, se esforzaba por encontrar entre sus recuerdos el sonido de su risa o la sensación que le provocaba a su cuerpo cuando se le acercaba y le susurraba al oído logrando estremecerla entera, como un escalofrío fugaz, intenso y placentero.

Tres, cuatro, ocho años más tarde se dio cuenta que ninguno de los dos era el mismo de antes. Un golpe de suerte los reencontró, quizás se trató de un sueño o fue una realidad, difícil de saber porque ella solía verlo en todos lados al cerrar sus ojos. Ficticio o no, se dio cuenta de que los pies de ambos estaban gastados porque ya habían recorrido muchos kilómetros. Sus labios ahora eran más finos, sus besos no eran tan apasionados, su piel no era tan tersa, sus tatuajes se habían arrugado y la pasión era distinta a la que solían tener durante sus encuentros.

Se dio cuenta que por esperar se había olvidado de la vida, se había olvidado de sentir, se había olvidado de amar. Se dio cuenta que equivocarse era una palabra que estaba en el diccionario pero, por haberla borrado, había quedado varada en el tiempo y no se animó a lanzarse de nuevo a la vida, no se animó a vivir una historia parecida pero rodeada por otros brazos. 
Nunca volvió a sentir otro calor y, ahora, ahogada en las sombra de lo que no fue, el frío la recubre y marchita...

sábado, 21 de junio de 2014

La voz

Aunque ya no estaba más con él, la escuchaba.
No importaba quien estuviera a su lado, ni que hubiera sucedido la noche anterior, él la escuchaba.
Sus palabras bendecían sus mañanas. Su música no le gustaba, él mentía, decía que le agradaba. Pero no, el folklore nunca le gusto, él sólo quería oír su voz.
En algún momento, todos dejan una marca en la otra persona. Bueno o malo, algo queda y, esta no fue la excepción. En él quedó mucho más que el recuerdo de un simple amor.
Ella tenía un problema, o tal vez unos cuantos, pero uno resaltaba entre los demás y por eso se había terminado aquella relación.
Mientras tanto, en silencio, a su lado iba otra persona. Otra, otra de las tantas, otra del montón, que no tenía idea de quién era esa voz. Aunque, quizás, de saberlo la hubiera sepultado con un ruido mayor. En cambio, prefirió guardar silencio y mirar para otro lado. Mirar para afuera; ver las calles, las casas, los edificios, la gente, dejar pasar cuadras y semáforos cambiar una y otra vez de color. Sólo dejó recorrer por su cuerpo ese escalofrío, propio pero ajeno, que la ubicó en un lugar distinto del que hubiera prefería ocupar.
¿Qué la diferenciaba de ella? siempre se preguntó. Aunque, en el fondo lo sabía. En su interior resonaba esa palabra que no quería salir a flote o -mejor dicho- que no dejaba. Esa palabra dolía y cada vez que se la pronuncia algo se desvanecía alrededor. Sin embargo, para no olvidar que existía se la tatuó estratégicamente  en un lugar donde no pudiera verla pero al que pudiera ir a buscarla cada vez que necesitara saber que aún existe.
Esta otra nunca se atrevió a pedirle que se quedera una noche más. Menos aún, que cambiara el dial.

sábado, 8 de marzo de 2014

Nada dura para siempre

Escuchar el galopar de un caballo por la ciudad es extraño. Sus patas contra el piso generaban un sonido intenso que se expandía y golpea contra las paredes de los edificios como queriendo meterse. Pero las torres de concreto lo rechazaban y lo devolvían a la calle con un eco envolvente como si entendieran que no pertenecía a esta época.
Esos pasos los despertaron y por un momento se sintieron en otro lugar, distante y lejano a las calles porteñas. 
Sin abrir los ojos, ella respiró profundo; olió el perfume y sintió el peso de un brazo que le rodeaba el abdomen. 
El café recién hecho y su sonrisa hicieron que esa mañana tuviera una mezcla perfecta.
Él se fue. Sin tomar ni siquiera una taza y dejando incumplidas todas las propuestas que le hizo durante la noche.
Solo dejó su aroma atesorado en la almohada pero, al cabo de un tiempo, también se esfumó

viernes, 4 de octubre de 2013

En el río

Antes de entrar a la clínica, él iba al río. 
La lloraba con desconsuelo aunque aún su corazón latía.
Volvía a su lado con ojos hinchados y el deshago en el bolsillo. 
Esa noche fría el río estaba calmado, como si supiera lo que iba a pasar.

Ella respiraba lento, temblorosa y lejana.
A su alrededor el silencio hacía eco y se desvanecía sin prisa.
Lo minutos eran segundos. El recuerdo de su sonrisa se le volvía a imprimir en la mente.
Tantos momentos irrecuperables que se convertían en algo desconocido que le daba mucho miedo olvidar o perder. Trataba de aferrarse a ellos con fuerza interna que producía un rosado en sus mejillas.

Hacía meses que vagaba por los hospitales.
Las habitaciones, los médicos y las enfermeras se volvían tan comunes como familiares.
Ellos fueron testigos de su unión para siempre. Del amor eterno que en forma de circulo ambos pusieron al rededor de uno de los dedos de sus manos. 

Se fue sin despedirse. De un momento a otro. 
Sin decirle adiós, sin abrir los ojos, sin dejarlo poder darle un último beso.

El dolor lo golpeaba dentro y se volvía un fuego que quemaba.
Una desesperación, una impotencia incontrolable.

Volvió a acercarse a la orilla del río. 
Nombrándola a los gritos tiró sus cenizas al viento.

Ya no tenía fuerzas y no le encontraba sentido a las cosas. 
Su peor temor se hacía realidad: sin ella no sabía como seguir.
Le reclamaba, a quien fuera que estuviera escuchando, que debería haber sido él y no ella el primero en partir.

Joven pero viejo, el dolor le sumó unos cuantos años a su cuerpo debilitado, flaco y enblanquecido.
Ahora deja pasar las horas acostado en un rincón de la cama.
Añorando su presencia, mirando el lado vacío.
En el río descansa en paz.
Repitiéndose una y otra vez la falta que le hace su Victoria a tanta soledad.

jueves, 3 de octubre de 2013

Soñado bajito

No sé que los juntó.
Tampoco sé que los separó.
Las cuestiones del destino son indescifrables.

Lo pasaron bien; fue intenso; fue inolvidable.
No llegó a enamorarse, si es que alguna vez lo experimentó.
Pero algo cambió, quizás algo en ella mejoró.

El olor era otro. El color era distinto.
Su sonrisa era profunda. Su alegría tangible.

Probó la felicidad en pequeñas gotas y se conformó.
En el movimiento de las sábanas se perdió.

Nunca más llamó.
No lo sufrió y tampoco lo lamentó.
La pasó bien, en el fondo algo cambió.

Quizás así fue mejor.
Cada tanto lo recordaba en sueños.
En un tono bajito, para que nadie se entere
sobre el amor que no se dio...

martes, 3 de julio de 2012

Tomar una decisión


     En medio de la disyuntiva, la locura, el espanto, la noche oscura y el reloj que marcaba cada minuto con un ruido particular. Un sonido bajito pero que retumbaba en el vacío, en la nada, en su cabeza en blanco.

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En medio de la soledad, algo que había elegido y que no lamentaba. El hecho de decidir se estaba volviendo algo abstracto. La llamada fue justa y el momento el más oportuno. Del otro lado la voz, la voz que tanto quería y que con tanto cariño esperaba escuchar de vez en cuando. La voz de una de las personas más sensatas que conocía, se le volvió opaca cuando le contó que lo tenía todo, pero que extrañaba y quería dejarlo por volver pero le costaba tomar la “decisión”. 
Ella, que de este lado no tiene nada, que luchaba por cada moneda y que en los últimos días se los había pasado mendigando trabajo, se dio cuenta que su única atadura era a esa puta ruleta rusa de las oportunidades.

El miedo a alejarse, el miedo a perder lo poco que consiguió en años de esfuerzo y entrega “todo el amor que le diste no te devolvió nada”, comentó aquella voz, y pegó fuerte. En su interior se apagó el fuego, palabras ciertas; profundas; hirientes. Fue el último disparo que necesitaba para reflexionar  que a cambio tanta dedicación y sacrificio no había recibido ninguna migaja de gratitud ni esperanza, ni un mimo, solo cachetadas cada vez más fuertes y difíciles de revertir.
Toda su vida quiso vivir lejos, de pequeña era solo un sueño, algo irreal, incumplible… pero ahora, había tomado conciencia que ese sueño era su “decisión” y que aparejada traía un peligro incierto.

Peligro, una palabra poco feliz cuando la idea es mejorar la vida y arriesgarse a un nuevo rumbo. Cuántas historias parecidas, cuánta gente que se la jugó y logró su anhelo o al menos su libertad.
Pero ¿qué es la liberad? Acaso será eso que te ata a tener que escapar para descubrir que realmente te gusta hacer lo que haces. Entonces no es libertad: es castigo, es frustración, desilusión y no lleva a la felicidad sino al desdén de una amargura difícil de combatir.

Tristeza infinita al abandonar lo que un día fue un sueño, pero la vida no depende de uno mismo. Quizás armar las valijas y emprender un nuevo viaje sea tan doloroso como quedarse y no lograr progresar ni cumplir las propias metas.

¡Qué ganas de volver a ver la vida desde los ojos de un niño!, donde todo es mayúsculo, enorme, magnánimo. No solo porque son pequeños en altura sino porque no lo comprenden. Quizás esas quimeras de la niñez son las utopías de la vida y cuando uno crece debe toparse con ellas y tomar un camino en el que se puede acertar o equivocarse.  ¿Cuántas veces está permitido equivocarse? ¿Una, dos o mil veces? Nadie lo sabe, pero lo más probable es que la respuesta sea que con el paso de los años esos errores, esas equivocaciones, se acentúan más, se hagan más profundas, duelan y se conviertan en heridas abiertas.

Entonces, ¿uno debe arrepentirse de lo que hace o de lo que deja de hacer?¿Cuál es el momento justo para jugárselas y arriesgarlo todo? Nadie puede responder esto, nadie que no tenga el valor de ver la vida como una cadena de oportunidades. Nadie que no busque la armonía de sus sueños. 



sábado, 1 de octubre de 2011

Refugio en el tiempo


Una lágrima se iba tras la otra, como queriendo jugar una carrera. La primera se adelantaba, llegaba más rápido al piso y la otra se quedaba a mitad de camino…
El dolor era fuerte, pero ya se había sentido alguna vez. ¿Qué no sabía lo que era estar sola? Lo sabía de maravillas, pero no lo experimentaba a menudo. 
Se dio cuenta que los días eran una cuestión del paso de las horas, tarde o temprano, la noche volvería a llegar y habría que acostarse, dormir y esperar al que sigue…
La vida se comenzó a tornar sólo en eso: una terrible espera, una espera del tiempo. Una espera a la que se estaba acostumbrando, pero que a sabiendas en algún momento finalizaría.
Cada vagón de tren que se acercaba, cada paso que se sentía, cada uno de los ruidos de la puerta del ascensor podrían ser lo que esperaba.. pero las horas pasaban y el vacío se hacía cada vez más profundo.
Ya tenía su propio refugio, lugar que siempre había añorado, lugar que siempre había buscado, lugar en el que nunca se imaginó que podría sufrir tanto.  El silencio como único compañero, contenía su respiración y la dejaba oír el lento latir de su lastimado corazón.
Sin embargo, en ese lugar descubrió que las tormentas no son solo de agua y arena…

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Reflexión en el taxi

El taxista le dijo: pero, ¿qué es lo que querés del hombre que está a tu lado? Y ella no supo que contestar. 
La charla venía de más largo, el conductor había escuchado una especie de “pelea”, o lo que ella llamaba: “una de sus típicas charlas”. En estas él solía acusarla de haber estado con otro hombre, de haber agregado a otro tipo al Facebook y demás disparates.
El tema es que el conductor del taxi, un hombre en sus cincuenta y tantos años, logró dejarla por primera vez en su vida sin palabra alguna, sin respuesta.
“¿Qué quiero?” se preguntó por dentro. No sabía…Entonces, finalmente pensó: “¿qué estoy haciendo?”

Una semana después, él seguía excusándose, ella ya no. 

El taxista la dejó en la puerta de su casa, ella se bajó y el tipo siguió con el cartel de "libre" en la búsqueda de un nuevo pasajero. Ella decidió copiarlo y colgarse también aquel cartel esa misma noche. 

sábado, 6 de agosto de 2011

El presente del pasado


¿Y si tan sólo fuéramos nosotros dos? Sin nada más, sin nadie más, sin pasado, sin teléfonos, sin mails ni redes sociales; con el presente y un mismo futuro ¡si sólo fuera eso!
Que difícil confiar cuando te han traicionado tantas veces, que difícil hacerle entender a la otra persona que ya no se vale del simple refrán “ojos que no ven….” 
Que por más fuerte que seas por dentro estas hecha trizas, que duele, que ya no se siente de la misma manera.
Que del dolor se aprende y, lamentablemente, no en el buen sentido: ese dolor te aísla, te separa, te traba, te condiciona, te frena.
Le pidió que la esperara. Luego, le pidió que no le mienta. Ya era tarde, esa era la base de su relación.

miércoles, 24 de marzo de 2010

La tormenta

Le tenía mucho miedo a la tormenta y pronto se largaría a llover, estaba anunciado. Como de costumbre no llevaba un paraguas ya que la lluvia siempre comenzaba cuando ella cerraba la puerta y quedaba protegida dentro de su casa.

Pero esa vez se equivocó. La puerta se cerró en sentido contrario y la tormenta se desató  dentro. El agua inundó el lugar rápidamente, casi en segundos todo comenzó a sentirse húmedo, pesado; insostenible.

Las gotas volaban de un lado al otro, como fuertes relámpagos que caen sin motivo y sin explicación. Todo se tornó tan delirante que hasta la mínima excusa sonaba a mentira.

Quizás las filtraciones que venían teniendo permitieron que se desatara tal diluvio. Quizás, todo fue por no sanar a tiempo o por necesitar más tiempo para sanar. Lo cierto es que el daño ya estaba hecho y ahora, aunque sequé, siempre quedará el rastro del temporal.

¿Volverá a llover? Sólo dios lo sabrá, por lo pronto con angustia habrá que empezar a buscar un trapo y, si se puede, secar. Aunque sabe muy bien que existen otros horizontes secos, despejados y distantes.